LA DENSIDAD DE LAS RELACIONES ENTRE ECONOMÍA Y CULTURA
Por Germán Rey [1]


En su singular clasificación de los oficios, Adan Smith, una de las figuras centrales de la economía, incluyó las profesiones “sinuosas”, que son aquellas en que sus productos se desvanecen en el instante mismo en que son consumidos. La taxonomía de Smith partía de la existencia de sectores improductivos de la economía, como la religión o las artes.
Esta idea de improductividad sobresaltó durante siglos a las realizaciones de la cultura. Incluso hasta ahora, algunos persisten en esa afirmación; la cultura sería mas costo que inversión, subsidio que realización productiva.

Sin embargo la apreciación ha ido variando de la mano de las transformaciones, por una parte, de las comprensiones de la cultura y de la otra, de las modificaciones de su incidencia en la economía de las sociedades.

Centrada en las Bellas Artes, las humanidades o las raíces étnicas y folclóricas, la cultura se ha poblado de otros territorios: las nuevas tecnologías, el patrimonio tangible e intangible, la irrupción de otras estéticas o las industrias culturales.

Pero además un cierto carácter inefable de las manifestaciones culturales se fue transformando progresivamente, a medida que las sociedades se modernizaban. Numerosos productos culturales se insertaron en las lógicas comerciales, mientras se masificaban y adoptaban intrincadas estructuras industriales.
De ese modo, las relaciones entre economía y cultura fueron cambiando dramáticamente, por lo menos en dos perspectivas: una, la industrialización de la cultura y otra, la consolidación del carácter cultural de las prácticas económicas.
La industrialización de la cultura ha significado una conmoción de fondo en el panorama cultural, por lo menos, desde la segunda mitad del siglo XIX. La aparición de la radio, la televisión y las nuevas tecnologías, la expansión de los medios escritos (libros, periódicos y revistas) y su convergencia intermedial, el auge del cine, el video y la publicidad, produjeron modificaciones radicales en la naturaleza, cobertura, sistemas de creación y formas de apropiación de las expresiones culturales. Inclusive  manifestaciones más tradicionales, como las artes plásticas, la música, la danza o el teatro, recibieron el impacto de esta transformación, algunas con más implicaciones que otras. La música, por ejemplo, dio lugar a una de las industrias más poderosas, no sólo por la ampliación de su repertorio como por la invención de materiales de soporte y equipos de grabación y de reproducción. La danza encontró un sendero en su exhibición en la televisión o el video. La plástica de enriqueció con el ingreso de las nuevas tecnologías que hicieron valer rasgos propios como la instantaneidad, la interactividad, lo virtual o la expresión electrónica.
Poco a poco se fueron estructurando industrias en sectores como el cine, la televisión, la música o lo editorial. Se fortalecieron empresas, aparecieron nuevos oficios, se diversificaron los mercados y las audiencias. La producción se racionalizó de tal manera, que todos los momentos de las cadenas productivas empezaron a operar bajo cuidadosos procesos de planeación y a través de mecanismos racionalizados de la creación. Una película, una serie de televisión o el lanzamiento de un libro, son el resultado del reconocimiento de su potencial comercial, sus nichos de mercado, la naturaleza y composición de sus audiencias.
Sin embargo hay algo que subiste de la " sinuosidad" de que hablara Smith o de la opacidad de la cultura de la que escribe Geerts, que hace que las expresiones de las industrias culturales no sean realizaciones completamente predecibles. Hay películas en las que se invierten presupuestos fantásticos y colapsan, mientras que un autor anónimo o una obra literaria rechazada puede convertirse en un fenómeno editorial sin antecedentes. La cultura se escapa por entre sus laberintos simbólicos, por entre su volatilidad y sus borrosidades, sintonizando con la sensibilidad en movimiento, con las construcciones cognitivas que se desplazan, con los paradigmas de conocimiento que cambian.

Como observaremos más adelante, estas características de racionalización, control y administración de la producción cultural, generan numerosas críticas referidas sobre todo a la homogenización, la estandarización y la pérdida de diversidad.
Pero las industrias culturales, que en la acepción de la UNESCO son aquellas que están basadas en la creación, la diversidad de soportes, la masificación y los derechos de autor, crecieron junto a la revolución mundial de las tecnologías de la comunicación. Sin ella el sentido industrial de la cultura habría sido endeble y limitado. Pero no fue así. Los soportes variaron dramáticamente, las formas de reproducción se tornaron rápidas y eficientes, los sistemas de transmisión permitieron llegar hasta los lugares más recónditos y los instrumentos facilitaron la expresión múltiple de la creatividad. Numerosos inventos tecnológicos vinieron a renovar el paisaje cultural de una manera tan radical y profunda como en su momento lo hizo la imprenta. Pero no se trató simplemente de una convulsión de la tecnología sino especialmente de una conmoción de la cultura. Se generaron otros lenguajes, se promovieron otros formatos, se posibilitaron fusiones hasta entonces desconocidas y se crearon rituales y prácticas de recepción nuevas.
Las tecnologías de impresión pero también de comercialización de los libros, los sistemas de grabación y de transmisión de la televisión, los mecanismos de digitalización, la unión de los computadores y las telecomunicaciones, el papel de la electrónica en la transmisión de imágenes y datos, la sofisticación de los aparatos de reproducción de la música, son algunos ejemplos de la convergencia entre cultura y tecnología.
La producción creó mercados de proporciones tan descomunales, que transformó a las industrias culturales en uno de los renglones más importantes de la principal economía del planeta, la de los Estados Unidos. En el 2001 las industrias culturales de ese país facturaron 791, 2 miles de millones de dólares y su aporte al producto interno bruto fue de 7,8 por ciento. Los ingresos por exportaciones de la industria cinematográfica norteamericana pasaron de 7,02 miles de millones de dólares en 1991 a 14,69 en el 2001.Los derechos de autor y la comercialización de la producción cultural son dos dimensiones centrales de las industrias culturales y a la vez de las relaciones entre economía y cultura.Una extensa jurisprudencia nacional e internacional preside los conceptos sobre los derechos de autor, que garantizan la retribución adecuada de los creadores, como también de las empresas que participan en la producción y en la circulación de los productos.La comercialización ha alcanzado niveles sorprendentes. Por una parte, se han conformado grandes grupos transnacionales que dominan los mercados del cine, los libros o la música, y por otra, se han aumentado las coberturas de una forma exponencial.
Las industrias culturales forman parte activa de la economía global.
Pero existe una segunda variante de las relaciones entre economía y cultura. Es aquella que muestra las conexiones que hay en el fuerte sentido simbólico de la economía (Jacques le Goff demostró el sentido temporal de la noción y la práctica del crédito inventado por los comerciantes florentinos), la presencia de la cultura en los proyectos económicos y de desarrollo (que permiten hablar de la cultura como dimensión y fin del desarrollo) y los contextos culturales de las prácticas económicas ( que nos recuerdan, por ejemplo, que el consumo de bienes materiales se lleva a cabo de manera simbólica y bajo fuertes criterios de sentido).

LOS FRUTOS DE UN PROYECTO
Desde hace años el Convenio Andrés Bello lleva adelante un Proyecto de Economía y Cultura que tiene una variedad de expresiones que ya empiezan a verse reflejados originalmente en sus libros.
Un primer esfuerzo del proyecto ha sido estudiar el impacto de las industrias culturales en el PIB de varios países andinos y Chile.
La tarea ha sido a la vez difícil y estimulante. Difícil porque la información sobre el sector es, como se sabe, supremamente débil y desorganizada.
Estimulante, porque el trabajo ha requerido estudiar los sectores, reconstruir sus cadenas productivas, revisar las clasificaciones en los instrumentos nacionales, allegar cifras de actividades como importación, exportación, empleo, piratería y derechos de autor, contrastarlas y depurarlas. Pero también se han construido varios escenarios económicos para confirmar su peso en el PIB,  diferentes de acuerdo a la composición de los bienes y servicios culturales incluidos y con resultados que los lectores podrán apreciar claramente.

Entre los primeros volúmenes de la colección se encuentran el dedicado al estudio del “Impacto económico de las industrias culturales en Colombia”, elaborado por varios equipos de investigadores y el referido al “Impacto de la cultura en la economía chilena”, el primero promovido conjuntamente por el Ministerio de Cultura de Colombia y el Convenio Andrés Bello y el segundo por la Dirección de Cultura del ministerio de Educación de Chile ( transformada en el recién creado Consejo Nacional de la Cultura y las Artes de Chile) y el Proyecto de Economía y Cultura del Convenio.

Estos dos libros son, sin duda, una contribución fundamental al conocimiento del comportamiento económico de las industrias culturales en ambos países. Con varios puntos a su favor: la depuración y organización de las cifras y la definición de un modelo de sistematización y análisis de la información.
Pero además, con varios resultados que ya empiezan a tener efectos, como lo señaló en la presentación de los libros, la Ministra de Cultura de Colombia, María Consuelo Araujo.
Los estudios comienzan a tener un impacto positivo en la definición de políticas culturales. Porque conocer y estudiar esta información significa tener una poderosa herramienta para definir rumbos, observar tendencias, encontrar dificultades para superar. En efecto, ya se empieza a saber cómo están los sectores, cuánto empleo generan, cuáles son sus índices de productividad; pero también cuánto pesa realmente la cultura en la economía, cuánto se invierte en ella, que tipos de reglamentaciones y de apoyos necesitan. Ya empezamos a tener brújulas.
Pero a estos dos volúmenes nacionales se agregan cuatro estudios más: la investigación sobre el “Impacto del sector cinematográfico sobre la economía colombiana: situación actual y perspectivas” promovida por Proimágenes, el Ministerio de Cultura de Colombia y el CAB y escrito por Luis Alberto Zuleta y Lino Jaramillo, “el Impacto del sector fonográfico en la economía colombiana”, promovido por ASINCOL y el CAB y con trabajo de investigación de Luis Alberto Zuleta y Lino Jaramillo, el “Impacto económico del patrimonio del Centro histórico de Bogotá D.C” promovido por la Corporación la Candelaria y el CAB y realizado por Zuleta y Jaramillo, y el estudio sobre el “Sistema jurídico de incentivos de la cultura en los países del Convenio Andrés Bello” escrito por Gonzalo Castellanos.
Todos estos trabajos arriesgan modelos de análisis económico de los sectores culturales, acopian información, proponen interpretaciones que están ligadas a los propios significados del sector, como también a sus intersecciones con otras dimensiones del entorno económico y abren perspectivas para los desarrollos futuros. Como bien lo señaló la propia Ministra de Cultura de Colombia, el estudio del cine ya tuvo su influencia en la discusión y aprobación de la nueva ley del cine mientras que las estadísticas del libro, que han llevado adelante con tanto juicio entidades como la Cámara Colombiana del Libro y el CERLALC,  han prestado un gran servicio para determinar los derroteros del Plan Nacional de Lectura, uno de los principales proyectos culturales del actual gobierno.

DESCIFRAR LOS DATOS
Todos los libros expanden su mirada analítica sobre las dinámicas culturales ligadas a la industrialización, pero sus rastros no se perciben solamente en cifras, sino en lo que ellas dicen, presuponen, ocultan. Lo que hay detrás de los números son significados socialmente compartidos, huellas de imaginarios sociales que se recrean en la música, las imágenes, los objetos interactivos o los libros, sentidos aportados por las audiencias que se manifiestan en sus preferencias, en sus gustos y en sus usos. Son las líneas de nuestra identidad, de nuestra memoria en construcción, de nuestras expectativas como colombianos y colombianas. Sólo que aquí se hacen a partir de la imaginación y el debate de las ideas, del goce y el barroquismo de nuestras imágenes.

Las huellas de la cultura, que permiten transitar estos estudios, hacen visibles e invitan a pensar y repensar las relaciones entre economía y cultura en los contextos de nuestros países. Contextos que no son islas, sino que por el contrario, forman parte de sociedades globales, en las que ya es un hecho la mundialización de la cultura, como también los movimientos de profundización de las identidades y la participación de lo local; por eso, los datos contrastan nuestras realidades de cara, por ejemplo, a los procesos de negociación de tratados de libre comercio, ya sean bilaterales (como los que están en curso con los Estados Unidos) o multilaterales (como el ALCA o las discusiones en la ONPI, la UNESCO, o la OMC).  

Porque la cultura cuenta en las cifras, pero sobre todo en los procesos. Los de identidad e interculturalidad, los de diversidad y ciudadanía culturales. En otras palabras: es preciso reconocer el valor social de la cultura, su potencial de afirmación democrática, su espacialidad para el contraste de lo diverso. Sin confundir libre comercio con integración, sin desconocer las asimetrías que también se viven en la cultura para no negociar ingenuamente y sin echar a un lado las afirmaciones propias frente a los intereses de las grandes compañías transnacionales.

Estos estudios, facilitan, a su vez, considerar que los bienes y servicios culturales no son simplemente mercancías y que no pueden, en ningún caso, ser tratadas como tales. Que una película pone a prueba nuestros sentimientos y nuestras maneras de pensar, que un CD de música expone nuestras sensibilidades y nuestros énfasis cognitivos y que una comedia de televisión muestra mucho de nuestras regiones y de nuestras particularidades. Y que lo que se requiere, como sostienen los miembros de la Coalición por la Diversidad Cultural, no es menos comercio sino mucho más, siempre que éste se entienda como intercambio y no simplemente como oferta unilateral, como equilibrio justo y no solamente como mercado para los productos de los países que tienen industrias más desarrolladas. Es necesario que los libros de escritores chilenos que se venden en las mesas de las librerías de Santiago se puedan comprar también en Colombia o en Bolivia, que las películas que se distribuyen en los cines de nuestros pueblos sean además de las de Hollywood (que componen infortunadamente el 98% de la pantalla), las iraníes, brasileras, cubanas o alemanas, que la música que circule sea lo más diversa posible y que los libros que se lean no obedezcan únicamente a los rígidos criterios de rentabilidad de las empresas editoriales transnacionales sino a los itinerarios críticos del pensar o del imaginar.

Las páginas de estos libros muestran algunos de los debates más candentes en las culturas de nuestros días. Las tensiones entre culturas globales e identidades locales, entre estandarización comercial y narrativas propias, entre influencia de las empresas transnacionales y oportunidades de desarrollo de las industrias nacionales y de las empresas culturales independientes. Pero también abren muchos interrogantes sobre los caminos de la creatividad en nuestras sociedades, la importancia de los soportes tecnológicos y sus implicaciones en la expresividad, las posibilidades de equidad para que la información, el conocimiento y la cultura no se agreguen a los motivos de las desigualdades que proliferan desgraciadamente en nuestros países.
Mas allá de los datos están las discusiones sobre el papel renovado del Estado en la promoción de la cultura, la presencia de la iniciativa privada, el sentido de los esfuerzos asociativos de muchos creadores o los rumbos que deberían trazarse los centros de formación artística.
Es importante observar que el proyecto de Economía y Cultura del Convenio Andrés Bello, a cuya vitalidad se debe en buena parte, la producción de estos estudios, lo ha logrado asociándose a países, instituciones y sobre todo a muchas mentes abiertas.
Muchas otras realizaciones vienen en camino. El Proyecto también transita por el estudio de las repercusiones sociales de la cultura, el análisis de la gestión de políticas culturales en diversos países, la formulación de cuentas satélites de cultura, el seguimiento de la la presencia de la cultura en las negociaciones de los Tratados de libre comercio y en el ALCA, el reconocimiento de mejores prácticas en el campo del emprendimiento cultural y la exploración de casos concretos con capacidad generalizadora, como por ejemplo, el peso económico de fiestas y carnavales o las relaciones entre cultura y convivencia en ciudades de nuestro continente.
La sinuosidad a la que se refirió Adan Smith, uno de los padres fundadores de la ciencia económica, pertenece a ese sentido múltiple, creador y densamente social de la cultura. De ese sentido es que buscan hablar los seis primeros libros de un Proyecto que se ha internado, desde las realidades de nuestros países, a las ricas y provocadores relaciones entre economía y cultura.


[1] Investigador de comunicación y cultura. Es Asesor general del proyecto de Economía y Cultura del Convenio Andrés Bello, miembro del Consejo de Ciencias Sociales del Sistema Nacional de Ciencia de Colombia, del Consejo Asesor Internacional de la Fundación de Nuevo Periodismo y  de la International Study Comission on Media, Religión and Culture. Ha sido asesor de los Ministerios de Cultura y de Comunicaciones de Colombia. Correo electrónico: germrey@ hotmail.com