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LA DENSIDAD DE LAS RELACIONES ENTRE ECONOMÍA Y CULTURA
Por Germán Rey
En su singular clasificación de los oficios,
Adan Smith, una de las figuras centrales de la economía, incluyó las profesiones
“sinuosas”, que son aquellas en que sus productos se desvanecen en el
instante mismo en que son consumidos. La taxonomía de Smith partía de
la existencia de sectores improductivos de la economía, como la religión
o las artes.
Esta idea de improductividad sobresaltó durante siglos a las realizaciones
de la cultura. Incluso hasta ahora, algunos persisten en esa afirmación;
la cultura sería mas costo que inversión, subsidio que realización productiva.
Sin embargo la apreciación ha ido variando de la mano de las transformaciones,
por una parte, de las comprensiones de la cultura y de la otra, de las
modificaciones de su incidencia en la economía de las sociedades.
Centrada en las Bellas Artes, las humanidades o las raíces étnicas y folclóricas,
la cultura se ha poblado de otros territorios: las nuevas tecnologías,
el patrimonio tangible e intangible, la irrupción de otras estéticas o
las industrias culturales.
Pero además un cierto carácter inefable de las manifestaciones culturales
se fue transformando progresivamente, a medida que las sociedades se modernizaban.
Numerosos productos culturales se insertaron en las lógicas comerciales,
mientras se masificaban y adoptaban intrincadas estructuras industriales.De ese modo,
las relaciones entre economía y cultura fueron cambiando dramáticamente,
por lo menos en dos perspectivas: una, la industrialización de la cultura
y otra, la consolidación del carácter cultural de las prácticas económicas.
La industrialización de la cultura ha significado una conmoción de fondo
en el panorama cultural, por lo menos, desde la segunda mitad del siglo
XIX. La aparición de la radio, la televisión y las nuevas tecnologías,
la expansión de los medios escritos (libros, periódicos y revistas) y
su convergencia intermedial, el auge del cine, el video y la publicidad,
produjeron modificaciones radicales en la naturaleza, cobertura, sistemas
de creación y formas de apropiación de las expresiones culturales. Inclusive
manifestaciones más tradicionales, como las artes plásticas, la
música, la danza o el teatro, recibieron el impacto de esta transformación,
algunas con más implicaciones que otras. La música, por ejemplo, dio lugar
a una de las industrias más poderosas, no sólo por la ampliación de su
repertorio como por la invención de materiales de soporte y equipos de
grabación y de reproducción. La danza encontró un sendero en su exhibición
en la televisión o el video. La plástica de enriqueció con el ingreso
de las nuevas tecnologías que hicieron valer rasgos propios como la instantaneidad,
la interactividad, lo virtual o la expresión electrónica.
Poco a poco se fueron estructurando
industrias en sectores como el cine, la televisión, la música
o lo editorial. Se fortalecieron empresas, aparecieron nuevos oficios,
se diversificaron los mercados y las audiencias. La producción
se racionalizó de tal manera, que todos los momentos de las cadenas
productivas empezaron a operar bajo cuidadosos procesos de planeación
y a través de mecanismos racionalizados de la creación.
Una película, una serie de televisión o el lanzamiento de
un libro, son el resultado del reconocimiento de su potencial comercial,
sus nichos de mercado, la naturaleza y composición de sus audiencias.
Sin embargo hay algo que subiste de la " sinuosidad" de que
hablara Smith o de la opacidad de la cultura de la que escribe Geerts,
que hace que las expresiones de las industrias culturales no sean realizaciones
completamente predecibles. Hay películas en las que se invierten
presupuestos fantásticos y colapsan, mientras que un autor anónimo
o una obra literaria rechazada puede convertirse en un fenómeno
editorial sin antecedentes. La cultura se escapa por entre sus laberintos
simbólicos, por entre su volatilidad y sus borrosidades, sintonizando
con la sensibilidad en movimiento, con las construcciones cognitivas que
se desplazan, con los paradigmas de conocimiento que cambian.
Como observaremos más adelante, estas características de racionalización,
control y administración de la producción cultural, generan numerosas
críticas referidas sobre todo a la homogenización, la estandarización
y la pérdida de diversidad.Pero las industrias
culturales, que en la acepción de la UNESCO son aquellas que están basadas
en la creación, la diversidad de soportes, la masificación y los derechos
de autor, crecieron junto a la revolución mundial de las tecnologías de
la comunicación. Sin ella el sentido industrial de la cultura habría sido
endeble y limitado. Pero no fue así. Los soportes variaron dramáticamente,
las formas de reproducción se tornaron rápidas y eficientes, los sistemas
de transmisión permitieron llegar hasta los lugares más recónditos y los
instrumentos facilitaron la expresión múltiple de la creatividad. Numerosos
inventos tecnológicos vinieron a renovar el paisaje cultural de una manera
tan radical y profunda como en su momento lo hizo la imprenta. Pero no
se trató simplemente de una convulsión de la tecnología sino especialmente
de una conmoción de la cultura. Se generaron otros lenguajes, se promovieron
otros formatos, se posibilitaron fusiones hasta entonces desconocidas
y se crearon rituales y prácticas de recepción nuevas.
Las tecnologías
de impresión pero también de comercialización de
los libros, los sistemas de grabación y de transmisión de
la televisión, los mecanismos de digitalización, la unión
de los computadores y las telecomunicaciones, el papel de la electrónica
en la transmisión de imágenes y datos, la sofisticación
de los aparatos de reproducción de la música, son algunos
ejemplos de la convergencia entre cultura y tecnología.
La producción
creó mercados de proporciones tan descomunales, que transformó a las industrias
culturales en uno de los renglones más importantes de la principal economía
del planeta, la de los Estados Unidos. En el 2001 las industrias culturales
de ese país facturaron 791, 2 miles de millones de dólares y su aporte
al producto interno bruto fue de 7,8 por ciento. Los ingresos por exportaciones
de la industria cinematográfica norteamericana pasaron de 7,02 miles de
millones de dólares en 1991 a 14,69 en el 2001.Los derechos
de autor y la comercialización de la producción cultural son dos dimensiones
centrales de las industrias culturales y a la vez de las relaciones entre
economía y cultura.Una extensa
jurisprudencia nacional e internacional preside los conceptos sobre los
derechos de autor, que garantizan la retribución adecuada de los creadores,
como también de las empresas que participan en la producción y en la circulación
de los productos.La comercialización
ha alcanzado niveles sorprendentes. Por una parte, se han conformado grandes
grupos transnacionales que dominan los mercados del cine, los libros o
la música, y por otra, se han aumentado las coberturas de una forma exponencial.
Las industrias culturales forman parte activa de la economía global.Pero existe
una segunda variante de las relaciones entre economía y cultura. Es aquella
que muestra las conexiones que hay en el fuerte sentido simbólico de la
economía (Jacques le Goff demostró el sentido temporal de la noción y
la práctica del crédito inventado por los comerciantes florentinos), la
presencia de la cultura en los proyectos económicos y de desarrollo (que
permiten hablar de la cultura como dimensión y fin del desarrollo) y los
contextos culturales de las prácticas económicas ( que nos recuerdan,
por ejemplo, que el consumo de bienes materiales se lleva a cabo de manera
simbólica y bajo fuertes criterios de sentido).
LOS FRUTOS DE UN PROYECTO
Desde hace años el Convenio Andrés Bello lleva adelante un Proyecto de
Economía y Cultura que tiene una variedad de expresiones que ya empiezan
a verse reflejados originalmente en sus libros.Un primer esfuerzo
del proyecto ha sido estudiar el impacto de las industrias culturales
en el PIB de varios países andinos y Chile.
La tarea ha sido a la vez difícil y estimulante. Difícil porque la información
sobre el sector es, como se sabe, supremamente débil y desorganizada.
Estimulante, porque el trabajo ha requerido estudiar los
sectores, reconstruir sus cadenas productivas, revisar las clasificaciones
en los instrumentos nacionales, allegar cifras de actividades como importación,
exportación, empleo, piratería y derechos de autor, contrastarlas y depurarlas.
Pero también se han construido varios escenarios económicos para confirmar
su peso en el PIB, diferentes
de acuerdo a la composición de los bienes y servicios culturales incluidos
y con resultados que los lectores podrán apreciar claramente.
Entre los primeros volúmenes de la colección se encuentran el dedicado
al estudio del “Impacto económico de las industrias culturales en Colombia”,
elaborado por varios equipos de investigadores y el referido al “Impacto
de la cultura en la economía chilena”, el primero promovido conjuntamente
por el Ministerio de Cultura de Colombia y el Convenio Andrés Bello y
el segundo por la Dirección de Cultura del ministerio de Educación de
Chile ( transformada en el recién creado Consejo Nacional de la Cultura
y las Artes de Chile) y el Proyecto de Economía y Cultura del Convenio.
Estos dos libros son, sin duda, una contribución fundamental al conocimiento
del comportamiento económico de las industrias culturales en ambos países.
Con varios puntos a su favor: la depuración y organización de las cifras
y la definición de un modelo de sistematización y análisis de la información.
Pero además, con varios resultados que ya empiezan a tener efectos, como
lo señaló en la presentación de los libros, la Ministra de Cultura de
Colombia, María Consuelo Araujo. Los estudios
comienzan a tener un impacto positivo en la definición de políticas culturales.
Porque conocer y estudiar esta información significa tener una poderosa
herramienta para definir rumbos, observar tendencias, encontrar dificultades
para superar. En efecto, ya se empieza a saber cómo están los sectores,
cuánto empleo generan, cuáles son sus índices de productividad; pero también
cuánto pesa realmente la cultura en la economía, cuánto se invierte en
ella, que tipos de reglamentaciones y de apoyos necesitan. Ya empezamos
a tener brújulas.
Pero a estos dos volúmenes nacionales se agregan cuatro estudios más:
la investigación sobre el “Impacto del sector cinematográfico sobre la
economía colombiana: situación actual y perspectivas” promovida por Proimágenes,
el Ministerio de Cultura de Colombia y el CAB y escrito por Luis Alberto
Zuleta y Lino Jaramillo, “el Impacto del sector fonográfico en la economía
colombiana”, promovido por ASINCOL y el CAB y con trabajo de investigación
de Luis Alberto Zuleta y Lino Jaramillo, el “Impacto económico del patrimonio
del Centro histórico de Bogotá D.C” promovido por la Corporación la Candelaria
y el CAB y realizado por Zuleta y Jaramillo, y el estudio sobre el “Sistema
jurídico de incentivos de la cultura en los países del Convenio Andrés
Bello” escrito por Gonzalo Castellanos.Todos estos
trabajos arriesgan modelos de análisis económico de los sectores culturales,
acopian información, proponen interpretaciones que están ligadas a los
propios significados del sector, como también a sus intersecciones con
otras dimensiones del entorno económico y abren perspectivas para los
desarrollos futuros. Como bien lo señaló la propia Ministra de Cultura
de Colombia, el estudio del cine ya tuvo su influencia en la discusión
y aprobación de la nueva ley del cine mientras que las estadísticas del
libro, que han llevado adelante con tanto juicio entidades como la Cámara
Colombiana del Libro y el CERLALC, han
prestado un gran servicio para determinar los derroteros del Plan Nacional
de Lectura, uno de los principales proyectos culturales del actual gobierno.
DESCIFRAR LOS DATOS
Todos los libros expanden su mirada analítica sobre las dinámicas culturales
ligadas a la industrialización, pero sus rastros no se perciben solamente
en cifras, sino en lo que ellas dicen, presuponen, ocultan. Lo que hay
detrás de los números son significados socialmente compartidos, huellas
de imaginarios sociales que se recrean en la música, las imágenes, los
objetos interactivos o los libros, sentidos aportados por las audiencias
que se manifiestan en sus preferencias, en sus gustos y en sus usos. Son
las líneas de nuestra identidad, de nuestra memoria en construcción, de
nuestras expectativas como colombianos y colombianas. Sólo que aquí se
hacen a partir de la imaginación y el debate de las ideas, del goce y
el barroquismo de nuestras imágenes.
Las huellas de la cultura, que permiten transitar estos estudios, hacen
visibles e invitan a pensar y repensar las relaciones entre economía y
cultura en los contextos de nuestros países. Contextos que no son islas,
sino que por el contrario, forman parte de sociedades globales, en las
que ya es un hecho la mundialización de la cultura, como también los movimientos
de profundización de las identidades y la participación de lo local; por
eso, los datos contrastan nuestras realidades de cara, por ejemplo, a
los procesos de negociación de tratados de libre comercio, ya sean bilaterales
(como los que están en curso con los Estados Unidos) o multilaterales (como el ALCA o las discusiones
en la ONPI, la UNESCO, o la OMC).
Porque la cultura cuenta en las cifras, pero sobre todo en los procesos.
Los de identidad e interculturalidad, los de diversidad y ciudadanía culturales.
En otras palabras: es preciso reconocer el valor social de la cultura,
su potencial de afirmación democrática, su espacialidad para el contraste
de lo diverso. Sin confundir libre comercio con integración, sin desconocer
las asimetrías que también se viven en la cultura para no negociar ingenuamente
y sin echar a un lado las afirmaciones propias frente a los intereses
de las grandes compañías transnacionales.
Estos estudios, facilitan, a su vez, considerar que los bienes y servicios
culturales no son simplemente mercancías y que no pueden, en ningún caso,
ser tratadas como tales. Que una película pone a prueba nuestros sentimientos
y nuestras maneras de pensar, que un CD de música expone nuestras sensibilidades
y nuestros énfasis cognitivos y que una comedia de televisión muestra
mucho de nuestras regiones y de nuestras particularidades. Y que lo que
se requiere, como sostienen los miembros de la Coalición por la Diversidad
Cultural, no es menos comercio sino mucho más, siempre que éste se entienda
como intercambio y no simplemente como oferta unilateral, como equilibrio
justo y no solamente como mercado para los productos de los países que
tienen industrias más desarrolladas. Es necesario que los libros de escritores
chilenos que se venden en las mesas de las librerías de Santiago se puedan
comprar también en Colombia o en Bolivia, que las películas que se distribuyen
en los cines de nuestros pueblos sean además de las de Hollywood (que
componen infortunadamente el 98% de la pantalla), las iraníes, brasileras,
cubanas o alemanas, que la música que circule sea lo más diversa posible
y que los libros que se lean no obedezcan únicamente a los rígidos criterios
de rentabilidad de las empresas editoriales transnacionales sino a los
itinerarios críticos del pensar o del imaginar.
Las páginas de estos libros muestran algunos de los debates más candentes
en las culturas de nuestros días. Las tensiones entre culturas globales
e identidades locales, entre estandarización comercial y narrativas propias,
entre influencia de las empresas transnacionales y oportunidades de desarrollo
de las industrias nacionales y de las empresas culturales independientes.
Pero también abren muchos interrogantes sobre los caminos de la creatividad
en nuestras sociedades, la importancia de los soportes tecnológicos y
sus implicaciones en la expresividad, las posibilidades de equidad para
que la información, el conocimiento y la cultura no se agreguen a los
motivos de las desigualdades que proliferan desgraciadamente en nuestros
países.Mas allá de
los datos están las discusiones sobre el papel renovado del Estado en
la promoción de la cultura, la presencia de la iniciativa privada, el
sentido de los esfuerzos asociativos de muchos creadores o los rumbos
que deberían trazarse los centros de formación artística.
Es importante observar que el proyecto de Economía y Cultura del Convenio
Andrés Bello, a cuya vitalidad se debe en buena parte, la producción de
estos estudios, lo ha logrado asociándose a países, instituciones y sobre
todo a muchas mentes abiertas.Muchas otras
realizaciones vienen en camino. El Proyecto también transita por el estudio
de las repercusiones sociales de la cultura, el análisis de la gestión
de políticas culturales en diversos países, la formulación de cuentas
satélites de cultura, el seguimiento de la la presencia de la cultura
en las negociaciones de los Tratados de libre comercio y en el ALCA, el
reconocimiento de mejores prácticas en el campo del emprendimiento cultural
y la exploración de casos concretos con capacidad generalizadora, como
por ejemplo, el peso económico de fiestas y carnavales o las relaciones
entre cultura y convivencia en ciudades de nuestro continente.
La sinuosidad a la que se refirió Adan Smith, uno de los padres fundadores
de la ciencia económica, pertenece a ese sentido múltiple, creador y densamente
social de la cultura. De ese sentido es que buscan hablar los seis primeros
libros de un Proyecto que se ha internado, desde las realidades de nuestros
países, a las ricas y provocadores relaciones entre economía y cultura.
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